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El espacio entre las cosas


Raúl del Busto atraviesa fronteras narrativas y geográficas para volar hacia lo experimental.


A un mes de confinamiento universal el “Netflix y manta” ha dejado de ser una opción de ocio reconfortante (o plan infalible de finde introvertido) para convertirse en una dosis diaria de placebo audiovisual indirectamente aprobada por la OMS. Cuando hace unos días recomendé la insospechada premonición de mi vida a los 30 que resultó ser Velódromo recordé que nunca pensé habituarme a lo que solía considerar como una forma indigna de cinefilia: ver películas en la pantalla de un ordenador. Pero la creciente popularidad de la realidad virtual de los últimos años ya lo remarcaba: pronto no hará falta salir por una puerta para escapar de nuestra realidad. Es así que hoy hasta una pantalla de móvil puede permitir a los estimados lectores de este blog descubrir un cine peruano gracias a ese infalible distribuidor que es Internet .

En estos últimos días, sin embargo, no he podido evitar sentir nostalgia por la que hasta hace poco era mi forma predilecta de refugio y escape. Porque haberme habituado al streaming no significa que me olvide lo maravilloso que es perderme en la oscuridad de una sala, sumergirme en el confort de una butaca, silenciar mi mente con altavoces Dolby y, por supuesto, someterme a la magnitud y luz de una pantalla gigante. Porque sólo bajo éstas circunstancias el cine es capaz de adormecer la auto-conciencia y transformarnos en receptores de sueños lúcidos ajenos. En medio de esta añoranza, y con la esperanza de que la mayor parte del sector de la exhibición sobrevivirá la crisis que está por venir, me pareció idóneo recurrir a una obra que, vista a oscuras en un ordenador, logró transportarme a la experiencia de estar viendo sus imágenes desde una sala de cine. linea cita blog
Haberme habituado al streaming no significa que me olvide de lo maravilloso que es disfrutar una película en una sala de cine.
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El espacio entre las cosas
¿Director busca espectador? El afiche de la película inspirado en Los Amantes de René Magritte.


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El espacio entre las cosas ofrece una trama concreta que evita representarse literalmente y que solo podemos percibir a través de la voz en off del director.
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El espacio entre las cosas (2013), en efecto, no es cualquier película peruana y no solo por ser experimental. A diferencia de los títulos sobre los que he escrito hasta ahora, éste no parece haber tenido mayor propósito que el de existir. Salvo por su elección como Mejor Película Peruana del 2013 por la crítica nacional, el segundo largometraje de un casi desconocido Raúl del Busto no obtuvo mayores laureles dentro o fuera del país. Sí que llegó a tener un estreno comercial en Lima, un hecho afortunado para cualquier título peruano e insólito para uno experimental, pero solo se dió en apenas tres salas y en alguna sufrió el maltrato que recibe la mayor parte del cine patrio. A pesar de la injusticia y el olvido sufridos, la disponibilidad de la película en Vimeo desde el 2016 sugiere que su director no pierde las esperanzas de que algún incauto la vea, la disfrute y la comparta. Para este humilde servidor también hace falta reivindicarla.

Si por experimental se espera una amalgama de elementos incomprensibles, puede decirse que ésta no es del todo “previsible”. Su caso no es pues el de una ficción kamikaze que despega sin importarle cómo aterrizar (algo así como El Ascenso de Skywalker) o el de los experimentalistas más inclasificables (entre Anger y Warhol hay todo un abecedario). El espacio... sí que ofrece una trama concreta: la de un director de cine que prepara un thriller policial cuyo protagonista, Glauber Maldonado, es un detective de la división de narcóticos que afrontará sucesos extraños tanto en lo profesional como en lo personal. Otra cosa es que del Busto evite representar literalmente estos sucesos y opte por describirlos a través de su propia voz en off. La diégesis audiovisual se reserva para acoger un montaje de imágenes y sonidos que provienen de locaciones reales de todo el mundo pero que en su mayoría se presentan alterados. Es así que se desarrollan dos universos en paralelo: la trepidante historia sobre un director y su alter ego ficticio, y un montaje que simula un viaje alrededor del mundo que es por veces reflexivo y otras vertiginoso. Salvo por unas cuantas secuencias de digresión documental, relato y diégesis no se corresponden ni parecen tener un propósito común. Pero la cita de Nietzsche con la que del Busto abre el montaje sugiere que en medio de ambos universos hay algo más. De ahí su particular título.


parque de atracciones
Mi secuencia favorita. Fotogramas del parque de atracciones.

Inicialmente el relato da la impresión de seguir una estructura convencional cuando escuchamos al narrador presentar la historia de Glauber y describir su primer suceso extraño. Incluso la primera interrupción abstracta puede considerarse como una representación coherente de dicho suceso. Pero toda esperanza de convencionalidad acaba cuando la misma voz empieza a narrar el primer paréntesis del film: la historia real de un turista japonés que vivió por unos meses en un aeropuerto mexicano. En adelante el desarrollo de la historia sobre Glauber se vuelve más bien desarticulado e incompleto. Por si fuera poco, el narrador empieza a cambiar de perspectiva entre el director y el protagonista de forma intermitente y sin que se refleje en su voz. ¿Vale la pena entonces destacar un plano argumentativo ambiguo que puede perderse en la memoria del espectador?) Sí, porque aún en medio de sus complejidades experimentales, el relato no cesa su progresión lineal y nos mantiene informados sobre la evolución de los ataques que sufre Glauber. En otras palabras, del Busto no deja que esta historia sea un simple cebo narrativo para los curiosos procedentes del cine ficticio y les promete darle un sentido a todo hacia el final.


La búsqueda de dicho sentido, felizmente, no pasa por retener todos los detalles sobre la vida de Glauber. Es cierto que a partir de sus monólogos se pueden extraer ideas comunes a cualquier film noir o thriller como la perversión del mundo urbano o el desgaste emocional de la vida policial. En cualquier otra película Glauber seguramente tendría un desarrollo de personaje ambicioso digno de encapsular el sentir de todo un colectivo. Pero en El espacio… también hay que tomar en cuenta las vivencias del director como sus “sueños que parecen ser reales”, sus sonetos o sus ideas para otros proyectos, todas las cuales subrayan el delirio y la melancolía que experimenta su alter ego. Los paréntesis del film, por mucho que se desvíen de la historia central en forma y fondo, tampoco son del todo arbitrarios o inoportunos ya que aportan ideas a un trasfondo más bien ensayístico en torno a los dos grandes temas del film: el avance del tiempo y la transformación del espacio. Es así que, sin llegar a montar un abrumador ejercicio filosófico como los del Godard más tardío, del Busto elabora una propuesta ontológica audaz, accesible y extrañamente reconfortante. linea cita blog
La búsqueda de un sentido narrativo en la película, felizmente, no pasa por retener todos los detalles sobre la vida de Glauber.
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bailando en la oscuridad
Bailando en la oscuridad. Un destello de luz en un parking de centro comercial.


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El plano audiovisual es el torrente de símbolos que anuncia la cita de Nietzsche. Un tour mundial cuyo destino parece ser el propio recorrido.
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El plano audiovisual representa el torrente de símbolos que anuncia la cita de Nietzsche y que por sí sólo constituye un exhaustivo tour mundial cuyo destino parece ser el propio recorrido. De Lima a México, de Barcelona a Iquitos, de un vagón de metro a un coche, y de una feria nocturna a un mercado diurno. Un itinerario dinámico que representa una variante contemporánea del kino-glaz que convirtió a Vertov en El hombre de la cámara (1929). La mayor parte de las imágenes presenta alteraciones de tiempo y color que no desfiguran pero acentúan el atractivo de las imágenes, permitiéndolas generar atmósferas surrealistas como aquella en la que el blanco y negro y la cámara lenta convierten a un grupo de gente disfrazada en espectros verosímiles. Entre las tomas que son exuberantes al natural se encuentran las que forman mi secuencia favorita: el parque de atracciones. El uso de video y película para diferentes secciones del metraje también produce una sutil variedad de texturas. Un efecto más elaborado y estimulante es el de imágenes proyectadas en una pantalla ondeante que parecen estar sumergidas en agua cuales fotos en proceso de revelado. Pero los elementos más representativos de la condición experimental de la película son el grupo de imágenes abstractas como los destellos de luces de color que representan la epilepsia de Glauber y los diversos travelings desenfocados como los del techo de un parking, también utilizados como trancisiones.

La banda sonora es igual de compleja y alucinante. Está compuesta principalmente por melodías y ruidos electrónicos pero también por sonidos de la ciudad y la naturaleza, algunos diegéticos y otros que se repiten arbitrariamente sin corresponderse con las imágenes que acompañan. Una sinfonía propia del siglo XXI que establece los diferentes estados de ánimo del recorrido y que, en combinación con los segmentos más psicodélicos del montaje, nos puede generar una imprevista relajación. Esto sería una indicio de que ya no estamos simplemente presenciando el subconsciente compartido entre Glauber y el director sino que lo estamos experimentando más allá de la vista y el oído. No es descabellado entonces que más tarde escuchemos una voz femenina que nos advierte que estamos por disolvernos. Al margen de esta potente capacidad que se acerca más a la realidad virtual, cabe recordar que el audio también lo conforman los silencios y el ruido ambiental de los paréntesis documentales, incluidos una canción en japonés y una danza amazónica, que nos recuerdan que El espacio entre las cosas no deja de estar enraizado en el mundo que conocemos.


oio kinetico
Kino-glaz. La imágen en movimiento desde el ojo kinético del director.


Si el guión guarda entre líneas un cuestionamiento filosófico sobre el espacio y el tiempo, el plano audiovisual encarna abiertamente una reflexión sobre la globalización, algo insólito para un cine peruano que apenas ha conseguido representar lo nacional en su totalidad. El ambicioso itinerario que propone del Busto sería inconcebible para cualquier producción peruana convencional pero no para una experimental que se contenta con capturar imágenes espontáneamente, la mayoría de ellas enfocadas en elementos comunes a cualquier lugar del mundo. Reducir el cruce de fronteras geográficas a un sencillo corte es la virtud por excelencia del séptimo arte desde que los hermanos Lumìere hicieran pasear a su invención por el mundo. Pero el montaje de El espacio... no se conforma con cruzarlas sino que además las une a base de carreteras, túneles, y ríos, creando así una megalópolis utópica (la versión adulta de Zootrópolis, si se quiere). Lo curioso es que, pese a ser experimental, el montaje se acomoda a una perspectiva lógica y adquiere la connotación de un sueño compartido, el de Glauber y el director, pero que tambíen es el nuestro. linea cita blog
La película de Raúl del Busto es un lienzo audiovisual accesible al más incauto de los espectadores, y encapsula el delirio, la destreza y la sensibilidad de su director.
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¿Y por qué un viaje por el mundo sería una inquietud cinematográfica en tiempos en los que hasta hace poco llenábamos aeropuertos? Quizás porque, aunque estamos habituados al mar de ventanas al mundo que es Internet, nunca podremos satisfacer nuestras ansias de volar y vivirlo todo en un instante. También porque en el sector experimental la globalización y su herencia digital son una fuente inacabable de inspiración y explotación. Para muestra otra película peruana, Videofilia (y otros síndromes virales) (2015), que ofrece una experimentación visual aún más surrealista (avalada por un Tiger Award en Rotterdam) y que me hubiera gustado comentar a la par con el film de del Busto pero que luego comprendí que sólo podría recomendar a quienes tuvieran estómago para una historia absurda de serie B, un sacrificio animal, y contenido que responde a un morbo sexual de nivel Gaspar Noé. En todo caso lo dejo a manera de bonus track.
La película de Raúl del Busto es un lienzo audiovisual accesible al más incauto de los espectadores, que encapsula el delirio, la destreza y la sensibilidad de un director que mereció más apoyo de su público local y al que pido encarecidamente que vuelva a coger una cámara para luego proyectar que otro de sus sueños lúcidos en una sala de cine. No necesita desplegar la complejidad del Godard más veterano para alzar vuelo y explotar el verdadero potencial del lenguaje de la imagen y el sonido, partiendo desde la sencilla perspectiva nocturna de una calle cualquiera de Lima. A propósito del enfant terrible del cine francés, les extiendo la recomendación que recibí en la proyección de su última película y que curiosamente se repite al final de esta introducción a El espacio... que solo se vio durante su breve paso por cines: “no piensen, sientan.” Al fin y al cabo, los críticos ya nos encargamos de precipitar el pensamiento por ustedes. Una cosa más: cuando sea nuevamente posible, por favor, no dejemos de refugiarnos y escaparnos una y mil veces en una sala de cine.

El espacio entre las cosas puede verse en Vimeo.

Publicado el 04/05/2020



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