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la peruanidad errante de Javier Corcuera


peruanidad

A Lo largo de una filmografía transnacional, el documentalista Javier Corcuera ha preservado un verdadero sentido de peruanidad.



Después de tiempo he vuelto a experimentar intensamente la vergüenza e impotencia que genera una clase política peruana que permanece inepta e indolente luego de 20 años de democracia y en medio de la peor crisis sanitaria y económica. El COVID en Perú ha sido la última gota en un vaso agrietado que ha reventado en la cara de las familias de más de 50 mil muertos entre los que hoy se encuentra un tío paterno, mi primer enlace con ese inmenso mar de desolación global que hasta hace un año era inconcebible. Ganas me sobran para renunciar a una nacionalidad cuyo Estado está priorizando un proceso electoral en el que los miembros de mesa apenas podrán costearse un balón de oxigeno si llegan a contagiarse. (En Perú el voto es obligatorio y no existe una modalidad por correo.) Como si no fuera suficiente castigo tener que elegir presidente entre tanto improvisado, hipócrita o delincuente. Si las naciones no son más que “comunidades imaginadas” según Benedict Anderson, la peruana, pese a estar cerca de cumplir 200 años, parece ser doblemente imaginada pues ni siquiera su propio sentido de comunidad es real.

Esta crisis existencial perpetua nos ha llevado a muchas generaciones de peruanos a distanciarnos no solo física sino emocionalmente del país, conscientes de que las oportunidades de toda una vida se perderían bajo la misma niebla limeña que ha corrompido a líderes presuntamente íntegros y capacitados para cambiar el país. Lo paradójico es que uno puede dejar atrás la patria pero esta nunca se aleja de uno. Es un sentimiento que supera cualquier añoranza gastronómica, climatológica o costumbrista. Aún teniendo familiares cerca, uno es consciente que la vida que le correspondía como derecho de nacimiento simplemente no es la misma en cualquier otro país. Aunque la lógica frustra cualquier intento de comulgar dicha patria idílica con las penurias de la realidad, es inevitable sentir eso que describió muy bien el peruano César Miró al componer una canción inspirada en la comunidad inmigrante latina en Estados Unidos: la necesidad de volver a la tierra en que nacieron.

No sé hasta qué punto mi experiencia de exiliado es comparable a la del documentalista Javier Corcuera cuya filmografía se asemeja al portafolio de un corresponsal internacional e incluye más imágenes de este mundo ancho y ajeno que de nuestra patria común. Sí estoy casi seguro de que difícilmente habría conseguido desarrollar dicha trayectoria tan ambiciosa si la hubiera planificado y financiado desde Perú, un país que todavía no termina por (re)conocerse en su propio cine. El también director del Festival Internacional de Cine del Sahara no es pues un peruano convencional. Pese a que el sentido de nacionalidad en la mayoría de sus películas se desvanece a favor de esa traslúcida y maltratada bandera planetaria llamada humanidad, Corcuera no ha dejado de ser ante todo un director peruano. Que uno de sus mayores éxitos comerciales sea un tributo al arcoíris que conforman las distintas expresiones musicales tradicionales de su país lo confirma.
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Una filmografía que se asemeja al portafolio de un corresponsal internacional e incluye más imágenes de este mundo ancho y ajeno que de nuestra patria común.
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Javier Corcuera comenzó sus estudios de cine en Perú pero los concluyó en la Universidad Complutense de Madrid. Su predilección por proyectos internacionales de carácter humanitario se puede apreciar desde sus primeros documentales para televisión en España. La espalda del mundo (2000), su primer largometraje reconocido en los festivales de San Sebastián y La Habana, encapsula su vocación de trotamundos al incluir tres historias de personas en situación de olvido, marginalidad y condena en tres países distintos: un niño lustrabotas en Perú, una parlamentaria kurda en Turquía, y un condenado a muerte en Estados Unidos. En Hijas de Belén, su contribución al proyecto colectivo En el mundo a cada rato (2004) financiado por UNICEF, Corcuera retrata a tres generaciones de mujeres del Barrio de Belén, uno de los lugares más turísticos y paradójicamente más pobres del Perú. Ese mismo año empezaría a trabajar paralelamente como director del proyecto pionero FiSahara, concebido inicialmente como evento único para el ocio de los refugiados saharauis y que contra todo pronostico lleva quince ediciones difundiendo películas internacionales e impartiendo la enseñanza del cine como herramienta de visibilización cultural.



el peruano errante
El peruano errante. Javier Corcuera.

Esta labor en el Sahara occidental confirmó la predisposición del director a abrazar culturas muy distantes de la propia, especialmente aquellas en situación de abandono o peligro. Invierno en Bagdad (2005), premiado en el Festival de Málaga, le llevó a involucrarse en la vida de un niño antes y durante la invasión de Estados Unidos en Iraq. En Checkpoint Rock: Canciones desde Palestina (2009) Corcuera continuó preocupándose por la situación de Medio Oriente y transmitiendo su fascinación por el uso de canciones como forma de expresión reivindicativa. Curiosamente su último trabajo ha sido el compilatorio audiovisual del tour 2019 de la agrupación vasca La Polla Records. En ese sentido su filmografía desconoce fronteras o estereotipos pero mantiene coherencia estilística e ideológica, fiel reflejo de sus inquietudes y virtudes. Así también lo demuestran tres obras realizadas en tres países distintos: La guerrilla de la memoria (2002), el cortometraje La voz de las piedras que pertenece al proyecto colectivo Invisibles (2007) y Sigo siendo (2013).


La primera es una producción española que recopila testimonios de los ex miembros de la guerrilla antifranquista surgida tras el fin de la Guerra Civil también conocida como Maquis. Se inicia con un anciano José Murillo alias ‘Comandante Ríos’ dirigiéndose a la oficina de la Unión de Excombatientes en Madrid, una modesta fundación que desde los años 80 se ha encargado de recopilar los contactos, memorias y documentos de los guerrilleros sin ayuda del Estado español. Entre orgullo y lamento, Murillo recibe a Corcuera como quien es consciente que está a punto de ceder el legado de toda una vida y de todo un colectivo a la custodia del cine. Afortunadamente aquí la narración corre a cargo exclusivo de los entrevistados, lo cual permite una repartición equitativa de la cámara y que a su vez se corresponde con el carácter igualitario de su organización. Lo que se divisa como un documental sombrío gradualmente adquiere cierto color al saltar de espacios confinados a paisajes naturales como los densos montes de Galicia y al incluir voces femeninas que en su día ejercieron roles de intelectuales o combatientes como sus compañeros.

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Wiñaypacha no es la primera película regional que he visto como espectador limeño pero es la primera que conocí por los grandes elogios que cosechó.
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A falta de archivos audiovisuales que acompañen sus relatos se presentan fotos y documentos inéditos pertenecientes a los propios testimonios y se recorren las locaciones naturales anacrónicas en las que vivieron. Pese a sus avanzadas edades, los testimonios ofrecen descripciones lúcidas y minuciosas sobre sus rutinas en los campamentos rurales y sus diversas actuaciones de resistencia. Entre mujeres y hombres se va confeccionando un relato impactante sobre una comunidad rural que persiguió objetivos diametralmente opuestos al Franquismo. Que en sus escuelas la literatura compartiera espacio con la carga de armamento o que los miembros pudieran discutir política sin seguir un dogma ideológico son datos sorprendentes que ayudan a diferenciar al Maquis con esa otra organización antifranquista pero explícitamente terrorista que fue ETA. Uno de los testimonios lo reitera diciendo que su guerrilla no fue “producto de consignas socialistas o comunistas” sino de “personas antifranquistas.” Otro miembro asegura que la alfabetización y difusión de arte y cultura entre los milicianos hizo que “la pólvora nunca se les subiera a la cabeza.” Pese a su condición de víctimas, la mayoría de entrevistados no demuestran desconsuelo y más bien se apoyan en un espíritu de resiliencia como el que expresa su himno.

El documental no pretende ser una investigación completa y analítica sobre la actuación de la guerrilla tanto como una plataforma inédita que recoge las voces de ciudadanos españoles previamente excluidos de la versión oficial de la historia. La condición de extranjero de Corcuera impide que el proyecto sea acusado de apología, aunque siempre habrá quien se indigne solo por el hecho de dar tribuna a personas de posturas ideológicas disidentes a pesar de haber cumplido con sus respectivas condenas. Lo cierto es que la sola presencia de estos hombres y mujeres corrobora la existencia de una España que se dio por extinguida tras la Guerra Civil. Que hayan permanecido en la clandestinidad incluso durante la democracia y que consideren que la reconciliación de la transición fue apenas decorativa pues “las víctimas seguimos sin reconocer ese pacto” sugieren la necesidad de una verdadera reconciliación nacional que permita a la España contemporánea procesar el legado conflictivo del franquismo (que ya causa más de un estrago en el presente político) y avanzar hacia una sociedad con memoria y consciencia.


memoria historica
Memoria histórica. Fotografía de uno de los testimonios de La guerrilla de la memoria.


La voz de las piedras también se enfoca en una comunidad condenada al exilio perpetuo pero por la persecución de una guerrilla inequívocamente terrorista como las FARC, un parásito eterno en una sociedad colombiana social y económicamente dispar y vulnerable. Similar a la desolación vivida en Perú con Sendero Luminoso y el MRTA en los años 80 y 90 y que seguramente Corcuera recuerda, la tragedia colombiana es mucho más profunda pues los años del conflicto y el número de víctimas no han dejado de crecer tras la grabación de este corto ni tras la firma del tratado de paz de 2016. Este trabajo busca visibilizar las vidas de mujeres y hombres, en su mayoría familiares de asesinados o desaparecidos, que llevan siendo desplazados continuamente sin poder escapar totalmente de la miseria y la violencia. Aunque mantienen un espíritu de comunidad que los fortalece y reconforta, los diferentes testimonios difícilmente esconden su lamento por las pérdidas sufridas y su miedo a no tener futuro. Tal es así que los que aparecen directamente frente a cámara no necesariamente se identifican, algo que lógicamente busca proteger sus identidades y que sugiere que las historias podrían venir de cualquier desplazado colombiano. Corcuera demuestra ser el director indicado para tal proyecto porque, a diferencia de innumerables colegas latinoamericanos, él nunca ha recurrido a una mirada miserabilista que solo busca llamar la atención de productores y públicos del hemisferio norte y alimentar sus prejuicios sobre el sur.

Por el contrario, su sensibilidad le ha permitido retratar a las personas por encima de las circunstancias adversas en las que viven, y en el caso de los desplazados ha resaltado su valentía, su solidaridad y su esperanza por vivir pacíficamente. También aquí destaca canciones populares que simbolizan la memoria de todos los desplazados del país y su anhelo por volver a la tierra de la que tuvieron que huir. El humilde monumento compuesto por piedras que llevan los nombres de víctimas y que inspiran el título del corto demuestra la determinación de la gente de recuperar lo que les fue arrebatado como el derecho a honrar a sus seres queridos. El proyecto colectivo al que pertenece el corto, Invisibles, fue realizado como tributo a la labor humanitaria de Médicos sin fronteras. Producido por Javier Bardem y codirigido por los españoles Mariano Barroso, Fernando León de Aranoa e Isabel Coixet y el alemán Wim Wenders, Invisibles le permitió a Corcuera demostrar estar a la altura de nombres consagrados del cine internacional y de compartir con ellos los premios Forqué y Goya a Mejor Documental en 2008. Cualquier otro director seguramente hubiera aprovechado dicho reconocimiento como lanzadera para emprender proyectos de mayor presupuesto sobre destinos y culturas más recónditos y así consolidar su carrera internacional. Lo cierto es que Corcuera pasaría a realizar una de sus obras más ambiciosas y populares pero no sobre un destino o cultura desconocidos.
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Corcuera también canta a través de imágenes y sonidos que reflejan su evolución como cineasta y su pasión por el Perú.
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Sigo siendo es toda una declaración de intenciones por parte de un peruano alejado de su tierra después de recorrer medio mundo. El título proviene de la novela Los ríos profundos de José María Arguedas que explora la dualidad lingüística y cultural de un estudiante mestizo de la sierra sur peruana que eventualmente exclama en quechua “Kachkaniraqmi” para afirmar que, pese a su formación occidental, sigue siendo orgullosamente indígena. Corcuera hace suya esa exclamación para evidenciar su lealtad a la multiculturalidad peruana que en el documental se representa a través de sus músicos y sus canciones. De esta forma ese leitmotif de su filmografía que es el canto popular aquí cobra protagonismo no con el fin de elaborar una enciclopedia musical del Perú sino de explorar el abanico de emociones surgidas de las tradiciones, creencias y experiencias de los propios artistas y que en gran medida reflejan el sentir colectivo de los peruanos. El propio Arguedas, además de inspirar el proyecto, se hace presente mediante una grabación inédita que captura la emoción del escritor indigenista cantando en quechua. Podría decirse que aquí Corcuera también canta a través de imágenes y sonidos cuidadosamente seleccionados que reflejan su evolución como cineasta y su pasión por el Perú.



jarana criolla
Jarana criolla. Susana Baca interpretando María Landó en Sigo siendo.


El recorrido se inicia en la selva peruana con Roni Wano, cantante shipiba que sirve de guía casi espiritual para comprender la conexión del ser humano con la naturaleza a través del canto. Su sabiduría ancestral se aleja de nociones terrenales pero no deja de tener sentido en el contexto de una Amazonía vulnerable al capitalismo más “racional” pero también en un país marcado por migraciones internas a causa de una visión de Estado centralista y discriminatoria heredada de la época colonial. No debe sorprende que la primera parada del documental en la capital peruana sea para conocer a un violinista de origen ayacuchano, Máximo Damián, el mismo que facilita la grabación de Arguedas. Don Máximo también encarna el mestizaje cultural peruano ya que no solo es un exponente de la música andina sino que también nos conecta con la música afroperuana de la región costeña. Su visita a la familia Ballumbrosio, cantera de músicos y danzantes descendientes del emblemático Amador, permite la primera exploración detallada de una tradición musical peruana a través de sus propios exponentes. En este segmento del documental también se aprecia uno de sus primeros espectáculos inolvidables que se realiza en conmemoración de la vida de Don Amador.

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Javier Corcuera es uno de los directores peruanos más íntegros respecto a los valores que promueve y arriesgados en cuanto a los temas que aborda.
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El segmento que corresponde a la música andina, concretamente la de Ayacucho, es el más amplio y con justa razón pues abarca diferentes tradiciones e historias. Además de la vida de Don Máximo se destaca la de Andrés “Chimango” Lares, un segundo violinista que visita el hogar de su infancia donde literalmente abre un baúl de recuerdos que evidencian la pobreza en la que vivió pero también la calidez que le brindó su abuela. Un sentimiento de nostalgia que pasa a expresarse como canción en la voz de Magaly Solier, la protagonista de La teta asustada. Más adelante somos testigos del bautizo de “Palomita” como danzante de tijeras, un rol reconocido por la UNESCO como patrimonio cultural y que normalmente es ejercido por hombres. Cuando regresa a Lima el documental se enfoca en exponentes del género criollo como los guitarristas César Calderón y Carlos Hayre que tuvieron el privilegio de tocar con leyendas como la cantautora Chabuca Granda. Corcuera rinde especial tributo a esta figura icónica al incluir dos temas suyos, uno de los cuales es interpretado por la ganadora de tres Grammy Latinos Susana Baca. A través de ella y otras artistas como Rosa Guzmán volvemos a apreciar el aporte de la comunidad afroperuana en una música criolla que, como la propia Lima, se ha nutrido de todas las culturas del Perú.

Podría decirse que, previo a su colaboración con La Polla Records, este fue el proyecto más escapista de Corcuera por alejarse de temas sensibles como la guerra y la injusticia social y por relucir, gracias a la fotografía de Jordi Abusada, la belleza de los paisajes naturales del país e incluso de locaciones interiores como la del bar en el que toca Sara Van y que fue escogida para adornar el cartel principal de la película. Aún así, el recorrido de Sigo siendo por el Perú no es superficial cual campaña turística o playlist de videos musicales pues también transmite las historias de los músicos peruanos con el mismo rigor y respeto como las de los exguerrilleros españoles o los desplazados colombianos. El impacto del centralismo económico y del terrorismo también se reconocen en las calles de Ayacucho y se rinde tributo a los fallecidos en la época del terrorismo con la canción Memoria de Sila Illanes. Se reivindica la riqueza del mestizaje cultural peruano, algo que hasta hace poco se despreciaba o ignoraba, y sobre todo el valor de los músicos, compositores y danzantes de un país que no ha hecho lo suficiente por proteger y difundir su patrimonio futuro. Corcuera terminó así por demostrar más patriotismo que cualquier político para ejercer de embajador de un verdadero tesoro nacional.


cine es comunidad
Cine es comunidad. Instalación de pantalla al aire libre en el FiSahara.


Sigo siendo afortunadamente no fue la última parada en Perú dentro de la filmografía internacional del documentalista pues también le dedicó un largometraje a la vida del poeta y guerrillero peruano Javier Heraud (El viaje de Javier Heraud, 2019), volviendo así a la reivindicación de voces disidentes como en La guerrilla de la memoria. No puedo entrar a valorar su condición como director de festival o como docente de cine pero me queda claro por su filmografía que Javier Corcuera es uno de los directores peruanos más íntegros respecto a los valores que promueve y arriesgados en cuanto a los temas que aborda. Su capacidad de aproximarse a realidades tan complejas y de conectar naciones tan diferentes como Iraq, España, Palestina y Perú es impresionante, sobre todo viniendo de un director cuyo país no acaba de comprender la importancia del cine como arte y herramienta de cambio social. Su estilo narrativo que suprime su propia voz a cambio de que sean sus testimonios los que definan la historia es formidable en tanto que nos recuerda que el cine no se sostiene solo de autores individualistas y que en esencia representa un arte comunitario. Ojalá la realidad peruana se asemejara más a uno de sus documentales donde el sentido de comunidad se siente real. Ojalá la labor de Corcuera fuera innecesaria en un mundo sin fronteras para la solidaridad, especialmente en tiempos de pandemia, o la difusión del arte. Al menos me consuela saber que en el mundo quedan peruanos como él, peruanos con los que todavía tiene sentido pensar en una patria común y en anhelar el regreso a la tierra en que nacimos.



**Dedicado a la memoria de Henry Francisco Herrera Montoya**



La guerrilla de la memoria y Sigo siendo pueden verse en Filmin.

Publicado el 07/04/2021



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