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La revolución y la tierra: ¿la buena dictadura?


la revolucion y la tierra


Gonzalo Benavente resume la historia del Perú contemporáneo (y su cine) en un documental revisionista sobre el dictador Juan Velasco Alvarado



Hace 8 meses como parte de mi estancia lingüística en Toulouse estuve a solo días de asistir al Festival Cinélatino, un evento que resultaba prometedor por incluir, entre grandes títulos del cine latinoamericano reciente, las dos películas peruanas más comentadas del año pasado. Tal era mi expectativa que no dudé en comprar por adelantado mi entrada para Canción sin nombre (Melina León, 2019), ganadora del Colón de Oro del pasado Festival de Huelva. Obviamente el festival nunca se realizó por el motivo que tiene en vilo al mundo hasta hoy, así que me resigné a esperar que algún alma caritativa las distribuye por España. Pero como todo en la vida, incluso en 2020, los reveses pueden tener mucho sentido. En octubre, gracias a su (re)estreno mundial por Vimeo, finalmente pude acceder al segundo título que no llegué a ver en Toulouse. Verlo en un ordenador a estas alturas del calendario en cualquier otro año habría sido un consuelo limitado y tardío, pero en 2020 estos serían el momento y el formato más idóneos para un filme con el que terminaría de comprender al convulso Perú contemporáneo a solo semanas de presenciar el último y más inesperado (y desesperado) intento por quebrantar su frágil democracia.

La revolución y la tierra (2019), estrenado en la pasada edición del Festival de Lima, es el tercer largometraje de Gonzalo Benavente. Aunque fue reconocido como Mejor Documental por la Asociación Peruana de Prensa Cinematográfica, su mayor logro fue convertirse en “el documental más visto en la historia del cine peruano” con 90 mil espectadores en solo 20 salas y además compitiendo en la cartelera con el huracán global que fue el Joker de Todd Phillips. La verdad es que Arthur Fleck no pudo pedir mejor contrincante que una figura nacional igualmente enigmática y controversial pero genuinamente revolucionaria como Juan Velasco Alvarado, el General responsable del duodécimo golpe de Estado del país y de uno de los hitos más problemáticos y decisivos de su historia: la reforma agraria. Benavente, consciente de su incómodo legado y valiéndose del poderoso lenguaje del meme, tomó la imagen de Velasco como base de una arriesgada promoción por redes sociales que perfilaban un documental extrañamente reivindicativo y hasta festivo sobre su dictadura, indignando a más de uno. Si la campaña del Joker de Phillips explotó el aspecto lúdico de su encarnación original para distraer al público de su contenido más crudo, el Velasco 2.0 de Benavente despertaba viejos fantasmas del pasado político peruano (y el pavor de la clase conservadora) cual guerrillero jocoso.

Pero mientras que la inquietante llamada a la anarquía del blockbuster nunca traspasa la barrera de la ficción, el discurso del documental es potencialmente revolucionario porque parte de una realidad que por mucho tiempo permaneció enterrada bajo la estigmatización de una clase política oligárquica. Dicho esto, La revolución y la tierra está lejos de ser el panfleto audiovisual que finge ser a través de sus redes sociales (perdón por el spoiler). En realidad es un riguroso texto de investigación histórico y antropológico que no da por sentada la versión oficial sobre la reforma agraria y que busca construir una más completa para comprender su resonancia sociopolítica actual, reuniendo a voces de diferentes generaciones, ideologías, orígenes y profesiones. También es un proyecto cinematográfico ambicioso que incluye un amplio recopilatorio de extractos del cine peruano y que demuestra que éste ha sabido representar y proteger la memoria nacional. No estamos pues ante un espontaneo plan revanchista de los seguidores del dictador sino ante un intento de reflexión colectivo inédito para las generaciones que no vivieron la reforma de Velasco pero que sí heredaron sus retos inconclusos empezando por una obscena desigualdad entre criollos y andinos. linea cita blog
El Joker no pudo pedir mejor contrincante que una figura peruana igualmente enigmática y controversial pero genuinamente revolucionaria como Juan Velasco Alvarado
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rodaje de investigacion
Rodaje de investigación: el escritor Marco Avilés entrevistado Gonzalo Benavente

Como si se tratase del último volumen de una antología sobre historia del Perú, La revolución y la tierra está organizada por capítulos y se inicia oficialmente en el minuto 12 con la claqueta de la primera toma. Previamente ofrece un prólogo que rastrea el origen de la desigualdad en el Perú hasta la época del virreinato español. Es previsible que ciertos espectadores españoles se incomoden con este primer segmento que retoma el acalorado pero ineludible debate sobre la herencia de la conquista de América. Lo cierto es que cuando regresamos al presente con una de las últimas visitas de Felipe VI en Lima quienes salen más desairados son los políticos peruanos que se deshacen por demostrar fervor y fidelidad a la otrora “madre patria”. Es una pequeña pero significativa muestra de que, desde su concepción como república, el Perú continuó siendo gobernado por una mentalidad colonial que prioriza los beneficios de una minoría limeña descendiente de europeos por encima de los derechos del resto de peruanos de origen indígena. Contrario a lo que uno aprende en el colegio respecto a la abolición de la esclavitud en el Perú, este prólogo sugiere que el concepto del hacendado se erigió como alternativa para mantener a poblaciones indígenas enteras como falsos trabajadores vitalicios. Aunque no se sostuvo en una supremacía blanca militante como en los antiguos Estados Confederados, este episodio de la historia peruana no genera menos repulsión y vergüenza que el perpetrado en el país del norte.

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El Perú continuó siendo gobernado por una mentalidad colonial que prioriza los beneficios de una minoría limeña por encima de los derechos del resto de peruanos
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Irónicamente dos de las fuentes primarias más valiosas que recoge el documental son reportajes estadounidenses de mediados del siglo XX. El primero y más antiguo da cuenta de la sumisión de los “indios” respecto a sus patrones de la hacienda al mostrar a los primeros saludando inclinados cual esclavos coloniales. El segundo y más extenso ofrece un recorrido por la hacienda Huando, por entonces una de las más grandes y prósperas, de la mano de Fernando Graña, su antiguo apoderado y miembro de una de las familias peruanas más poderosas hasta hoy. Graña aquí se revela como hacendado “progresista” dispuesto a acordar una reforma agraria consensuada, una petición compatible con el plan de John F. Kennedy para erradicar la injusticia social en el continente y evitar la propagación de la revolución comunista de Cuba. Pese a las buenas intenciones del oligarca, el periodista norteamericano no puede evitar comentar con estupefacción la fastuosa vida feudal en la que viven los Graña, remarcando que “esto es Perú en el siglo XX peor podría ser fácilmente España en el siglo XVIII”. El documental de Benavente puede considerarse como una toma de relevo de estos reportajes críticos que ningún medio peruano se ha interesado por divulgar previamente. Aunque la documentación sobre la época es limitada, Benavante logra compensarla a través de sus entrevistas a testimonios vivos como el exdirigente campesino Hugo Blanco y a reputados académicos como el historiador Antonio Zapata. Los extractos de ficciones y documentales peruanos también sirven de referencias audiovisuales que complementan los relatos orales.


Tras identificar las condiciones draconianas en las que vivían los campesinos hasta 1968—analfabetismo, explotación física, prohibición de voto, abusos sexuales y negación de la propiedad—el documental nos concientiza sobre lo urgente que era una reforma agraria y lo negligente que fue la democracia precedente a Velasco por bloquearla. Que su aplicación viniera de la mano de una dictadura es lo que haría que, tras el retorno de la democracia, esta reforma se volvería tabú incluso en instituciones educativas. De ahí que un proyecto como La revolución… haya sido polémico desde su concepción. Es cierto que su director no ahonda en los delitos de Velasco como la toma de medios de prensa, que no es incisivo al abordar mecanismos opacos de la reforma, y que entre sus entrevistados hay quienes recuerdan con fervor al dictador o intentan redimirlo aludiendo que “no mandó a matar a nadie”. Su postura progresista evidentemente prioriza la discusión sobre la justicia que las medidas de Velasco supusieron para un campesinado previamente ignorado y subyugado. Pero esto no significa que Benavente pretende rescribir la historia o mucho menos exaltar al dictador militar. Por el contrario, el suyo es un intento de recomponer las piezas de una realidad que una minoría poderosa intentó borrar, además de hacerla accesible para una nueva generación mediante un lenguaje audiovisual poco convencional. linea cita blog
Que su aplicación viniera de la mano de una dictadura es lo que haría que esta reforma se volvería tabú incluso en instituciones educativas.
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simbolos de revolucion
Símbolos de revolución: Juan Velasco Alvarado y una ilustración de Túpac Amaru II


En ese sentido la presencia de jóvenes profesionales de raíces andinas entre los entrevistados es más que pertinente pues, aunque no lo vivieron de cerca como los dirigentes veteranos, son en sí mismos evidencias del proceso transformativo de los campesinos a partir de la reforma agraria. Las historias de escasez y sumisión de sus ancestros y las de ellos mismos como primeros universitarios en sus respectivas familias precisamente corroboran los datos presentados por los académicos. También sugieren que, a pesar de las complicadas olas migratorias que le siguieron, la emancipación de las poblaciones indígenas eventualmente condujo a varios de sus descendientes hacia un “mejor” porvenir. Desafortunadamente esta nueva generación de peruanos tampoco puede jactarse de vivir una ciudadanía integrada porque todavía deben lidiar con la discriminación racial, cultural y lingüística que la oligarquía limeña exacerbó tras la reforma. A esto hay que sumarle el abandono del Estado en las provincias que a su vez propició el origen de Sendero Luminoso, el posterior conflicto armado interno, y la perpetuación de conflictos sociales hasta hoy como el que presenta desde Cusco el inquietante epílogo del documental. Los recientes asesinatos de Inti Sotelo y Brian Pintado en las protestas pacíficas contra Manuel Merino no hacen más que confirmar de la peor forma que todavía hay ciudadanos de segunda clase en el Perú.

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El documental de Benavente trasciende lo político pues el mayor legado de la revolución de Velasco yace en la cultura popular y el cine.
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Considero que hay ciertos elementos mejorables en su estilo narrativo, sobretodo de cara a públicos que no conocen el tema. La edición es notable teniendo en cuenta la desbordante cantidad de material acumulada entre entrevistas y archivos, pero hay segmentos con varios planos rápidos consecutivos que puede costar procesar. La selección de entrevistados y la distribución de sus intervenciones a veces se siente arbitraria en tanto que hay personas que no superan el minuto de presencia en todo el documental, mientras que algunas de las contribuciones de los más recurrentes no se pueden apreciar completamente por la saturación de voces en un mismo segmento. Se genera un ritmo narrativo frenético que ciertamente es coherente con el carácter subversivo del tema y puede ser interesante desde un punto de vista estético. No obstante, teniendo en cuenta que su propósito es el de tratar un episodio histórico crucial, especialmente para quienes no lo vivieron, Benavente pudo ser un poco más cauteloso en este apartado. En mi caso he podido pausar cada cierto tiempo a través del ordenador pero en una sala de cine sería obviamente imposible. Quizá La revolución y la tierra sea deliberadamente compleja para que pueda verse más de una vez como hicieron varios espectadores peruanos en su estreno comercial, o que haya estado hecha desde un inicio para un formato digital que facilite su asimilación y distribución.


fosil de feudalismo
Fósil del feudalismo: fotograma de una de las haciendas abandonadas


Curiosamente este documental me ha recordado a un video que se hizo viral hace una década y que lleva por título una pregunta infame surgida de una novela de Mario Vargas Llosa. La pregunta siempre ha estado en el aire y el video reconoce que la reforma agraria de Velasco ha sido una respuesta recurrente. Por primera vez alguien pone dicha respuesta en tela de juicio y, aunque no exime necesariamente al dictador, ofrece suficientes argumentos para considerar que el Perú “se jodió” desde su planteamiento como país dividido entre criollos e indígenas, y que ha “seguido jodiéndose” con la negativa de los propios peruanos a mirarnos como iguales, a apreciar nuestras diferencias, y a sentirnos parte de un mismo pueblo. Al margen de lo que piensen sus detractores, Benavente demuestra que se puede y se debe revisar el pasado por más turbio que sea para evitar caer en los mismos errores. Precisamente para evitar un hipotético Velasco 2.0, el Perú debe seguir trabajando en erradicar el mayor caldo de cultivo de insurrección: la desigualdad social. La revolución y la tierra demuestra que fue posible llevar a cabo una primera etapa de transformación y que la clave para arreglar el país radica en la voluntad colectiva, esa misma que ha mantenido activo al cine peruano.

La revolución y la tierra puede alquilarse o comprarse en Vimeo.



Publicado el 02/12/2020



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