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LAS BELLAS FLORES ARGENTINAS


la flor
Cartel promocional de la inmensa película La Flor (2018).


el problema se podría enunciar así: ¿es posible contar una historia frente al universo?


Queridos Egonautas:

La historia que voy a contaros recoge dos descubrimientos habidos en dos momentos muy distintos de mi vida. El primero fue un hermoso descubrimiento literario; el segundo, una inmensa obra cinematográfica. Este artículo, en consecuencia, es fruto del encuentro entre ambos, de intentar dar respuesta a la pregunta de siempre, aquella «¿Dónde he visto esto antes?», o bien «¿Dónde leí algo similar?», o bien, por ejemplo, «¿A qué me recuerda?». Poco importa. Esta pregunta es por todos conocida y su formulación de una u otra manera resulta banal. Por lo demás, deciros que afortunadamente este artículo no tiene por objetivo desvelar ningún final, que no tendréis que navegar en alerta de potenciales spoilers, que, puede que para vuestra sorpresa, no tiene mucho sentido hablar de finales en lo que vamos a ver a continuación.


Con vuestro beneplácito, comienzo por el descubrimiento más reciente, con el segundo, a saber, el de la obra cinematográfica. Es finales de marzo, el Covid ya ha asentado su imperio de la suspicacia, de los guantes de plástico y de las mascarillas que tras un rato parecen desgajar lentamente las orejas. España se guarda bajo techo y contra las ventanas. Entonces, durante una videoconferencia con un grupo de cinéfilos, un compañero comenta: «La Flor estará disponible en Filmin mientras dure el Estado de Alarma». Querría poder decir que me informé, que indagué, pero no fue ese el caso. Andaba con la cabeza en otros lares, se conoce; lo más probable es que anduviera redactando el artículo de Muerte en Venecia. Pero tuve suerte y un mes después mi compañero me escribe un whatsapp: «¿La has visto ya? Ten en cuenta que La Flor es una catedral fílmica». Así dijo, catedral. Y dijo bien. Una catedral barroca. Una catedral que embelesa. Un raro regalo para la imaginación. linea cita blog
La Flor estará disponible en Filmin mientras dure el Estado de Alarma.
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director mariano llinas
El director Mariano Llinás en una de sus episódicas intervenciones explicativas en La Flor.


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Es una película-evento de catorce horas dirigida por el bonaerense Mariano Llinás y producida por El Pampero Cine.
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La Flor (2018) es una película-evento de catorce horas dirigida por el bonaerense Mariano Llinás (1975-), si bien cuando a este se le pregunta, insiste y reinsiste, conducta rara en este mundo de egos, en que no es su película sino la película de su grupo El Pampero Cine en colaboración con Piel de Lava (mins. 2:08-4:35). Esto es importante. El Pampero Cine es una cooperativa de creación y producción cinematográfica que autofinancia sus propios proyectos, permitiéndole eludir los estándares industriales que asolan la producción audiovisual, el más claro de ellos el de la duración aproximada de hora y media. Así, El Pampero Cine hace el cine que quiere, creando películas tan inusuales como lo es La Flor o lo fue Historias extraordinarias (2008), también dirigida por Llinás. Por su parte, Piel de Lava es un cuarteto femenino de teatro independiente que, en un ambicioso ejercicio de Llinás por realizar con las actrices todas las películas posibles (mins. 3:00-6:27), protagoniza cinco de los seis episodios que conforman La Flor.

Porque La Flor, sí, consta de seis episodios distintos, representados por las distintas partes de una flor. Los cuatro primeros son cuatro “meros” comienzos: no hay final, sólo una sosegada aproximación al clímax narrativo. Estos episodios conforman la corola. Sus cuatro pétalos recorren distintos géneros narrativos. El primero, una historia tipo cine de serie B norteamericano, donde una momia busca venganza en un centro de investigación arqueológico en medio de la Nada pampeana. El segundo, una historia de desamor que vira entre el surrealismo de Murakami y el universo de las verdades y las mentiras del Rashomon (1950) de Kurosawa, todo ello untado con canciones melosas. El tercero, lo admito, mi favorito, una historia de espionaje en el contexto de la Guerra Fría y que opera como el núcleo duro de La Flor con sus más de cinco horas de metraje, con su caos cronológico al mejor estilo de Pulp Fiction (1994), y con sus cuatro brillantes subtramas, donde un narrador en off marca-de-la-casa entreteje los motivos de La vida de los otros (2006); el realismo mágico marqueziano; una elegante historia de amor que se previene de dar al espectador lo que este cree que quiere pero en verdad, por mor al masoquismo perfeccionista del lector con bagaje, no quiere; y una búsqueda austeriana del tipo de La trilogía de Nueva York (1987) y con reminiscencias a Historias extraordinarias, terreno que abonará la llegada del cuarto episodio. Que estas subtramas incorporen la estructura narrativa clásica (inicio + nudo + desenlace), en fin, pone en evidencia lo arbitrario que en la ficción resulta la exigencia de un final, o de un final absoluto como lo es el naturalizado en nuestra literatura y nuestra cinematografía, aunque sea en comparación con la vida misma. Porque las cuatro subtramas afectan a las cuatro protagonistas y son anteriores a la trama principal del tercer episodio. Así las cosas, pareciera que El Pampero Cine y Piel de lava lanzasen al espectador, con su seseante acento argentino, la siguiente pregunta: «che, boluda, ¿por qué decís vos que el episodio tercero no tiene final cuando continúa cuatro tramas que tenés por terminadas?». linea cita blog
Dividida en seis episodios, los cuatro primeros son “meros” comienzos.
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escena la flor
De izda. a dcha.: Pilar Gamboa, Elisa Carricajo, Laura Paredes y Valeria Correa, integrantes de Piel de Lava, vestidas para el último episodio de La Flor.

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Llinás celebra la digresión frente al clasicismo cinematográfico, donde cuanto aparece en pantalla debe tener una función narrativa principal.
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El cuarto pétalo es imposible de encasillar en un género u otro, como reconoce el propio Llinás en la primera de sus intervenciones explicativas entre episodio y episodio. En un principio un falso making of de La Flor, con Pilar, Elisa, Laura y Valeria cabreadas con su caótico director, el episodio deriva en una ficción austeriana, como me gusta en llamar los relatos detectivescos-existencialistas, con una rocambolesca trama paralela que vira entre el personaje de Casanova (1725-1798) y la historia del Decamerón (1352) Maseto de Laporecchio se finge mudo y va de hortelano a un monasterio de mujeres, y todas ellas con él yacen. Puede decirse que, con el episodio cuarto, Llinás autoafirma su postura ante el clasicismo cinematográfico, donde cuanto aparece en pantalla debe tener una función narrativa principal. Por el contrario, Llinás celebra la digresión y se explaya en mudar al episodio de género, de trama, de protagonistas, de todo. También corrobora su vocación de cuentista y su espíritu de juego, enfriando el proceso catártico del ojiplático espectador. No es ese su objetivo. Por el contrario, a través de un mundo cosido en un equilibrio de lugares comunes (o clichés), que aseguran un encaje seguro, y de lugares nuevos, que garantizan la sorpresa, La Flor busca entretener. Ante todo quiere ser disfrutada. Y se agradece.

El quinto episodio, que constituye el cáliz de La Flor, es el único episodio con una estructura clásica. Se trata de un bello remake del mediometraje de Jean Renoir (1894-1979) Una partida de campo (1936), a su vez una adaptación cinematográfica del relato homónimo (1891) de Guy de Maupassant (1850-1893). Participando de la comedia romántica, narra el amorío fugaz de una madre y su hija burguesas con dos gauchos en el contexto de un hermoso día de verano. Se conoce que ambas habrán de rememorar su aventura en lo que resta de sus monótonas y tibias vidas. Tenemos, en consecuencia, un nuevo ejemplo de lo que es La Ficción, de la pequeña mentira piadosa que implica. Porque, ¿quién no imagina, por ejemplo, que estamos ante el surgimiento de una nueva Madame Bovary? Podría ser. Sea como sea, para compensar la verbosidad del tercer y cuarto episodios, tanto este como el último son mudos. La afirmación es matizable, puesto que aproximadamente a la mitad del quinto episodio, escuchamos la película original de Renoir, superpuesta la grabación sobre las nuevas imágenes de Llinás. El último episodio, el sexto, el tallo de La Flor, es un breve final al estilo del western, donde El Pampero Cine experimenta con una suerte de noche americana y que dan al episodio una textura de áspera pintura en movimiento. En resumen, la preocupación técnica en estos dos últimos episodios es clave. linea cita blog
La preocupación técnica en los dos últimos episodios es clave.
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grupo la flor
Piel de Lava y El Pampero Cine celebran haber llevado a término La Flor. Este ánimo festivo, que da perfecta cuenta de la camaradería entre ambos grupos, queda recogido en los créditos finales, de más de media hora de duración.

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Si una noche de invierno un viajero sería el punto de encuentro entre Calvino y La Flor.
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En un segundo orden de cosas, el primer descubrimiento del que os hablaba al comienzo del artículo es bastante más lejano. Ocurrió hace ya casi cuatro años. Entonces estaba a punto de marchar a estudiar a Pekín durante cinco meses. Pekín es canicular en verano, gélida en invierno. «Ya está, ha llegado la hora» pensé, «toca iniciarse en el Kindle». No tenía ―o mejor dicho no podía permitirme― la posibilidad de que una maleta llena de libros en papel me acompañara a la capital china. Es sabido que la ropa de invierno es vultuosa y pesada y que los libros no son pesopluma. En resumen, me decidí por llevar conmigo única y exclusivamente un pequeño libro titulado Las ciudades invisibles (1972), firmado por ese autor con nombre de reformista protestante, Italo Calvino (1923-1985). Sobra decir que no hubo forma de que me acostumbrara al Kindle, que su formato insubrayable, la imposibilidad de marcar las hojas, de añadir observaciones en una caligrafía tan curva como ilegible, provocó un ayuno lector durante esos meses, a salvo, claro está, de Las ciudades invisibles, que pasaría a tener como una de mis novelas favoritas y que me embarcó en el disfrute de la obra del autor italiano. A mi vuelta a España, y sumida en la impaciencia, tomé en préstamo Si una noche de invierno un viajero (1979). Sí, así es, muy en efecto. Con esta novela comienza el punto de encuentro entre La Flor y Calvino.

Porque Si una noche de invierno un viajero es, también, una historia mayormente sobre comienzos y eminentemente metaliteraria. Para entender mejor la obra de Calvino, es preciso apuntalar dos elementos claves en su génesis. En primer lugar, la membresía del autor al grupo OuLiPo, caracterizado por la autoimposición de restricciones formales en su búsqueda de la renovación literaria. En segundo lugar, su admiración hacia la obra de Jorge Luis Borges (1899-1986), y muy particularmente hacia el breve relato Examen de la obra de Herbert Quain, custodiado en su importantísima Ficciones (1944) y que examina la obra de un escritor imaginario, situándolo en pie de igualdad con Agatha Christie o Henry James, entre otros. Así, como ocurriera en La Flor, nos encontramos ante una obra que pretende encontremos en ella un ingenuo placer de leer por leer, de que nos preguntemos emocionados qué ocurrirá y que con el surgimiento de esa pregunta quedemos, si no saciados, sí revitalizados, como ocurre cuando nos alcanza un fugaz enamoramiento, y en todo caso lejos de la decepción de la experiencia (mins. 1:49-4:05, entrevista donde por cierto la cuestión de la muerte del autor es latente). linea cita blog
Si una noche de invierno un viajero, novela mayormente sobre comienzos, busca capturar el ingenuo placer por la lectura.
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calvino borges
De izda. a dcha.: Italo Calvino, radiante, junto a Jorge Luis Borges. Roma, 1984.

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Cada capítulo comienza con la búsqueda infructuosa del Lector, para terminar con el inicio de otra novela de distinto género literario.
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Y es que cada capítulo en Si una noche de invierno un viajero comienza con la búsqueda infructuosa del Lector, apelado en segunda persona del singular, por continuar la novela que empezó a leer. Esta búsqueda, trama principal de la novela, estará llena de extravagancias y fraudes y corrupciones que Calvino estructura de forma clásica. La segunda parte de cada capítulo lo conformarán nuevas historias, las cuales, tan pronto consiguen enganchar al desdichado Lector ―y en todo caso antes de alcanzar el clímax, como ocurre en La Flor―, abruptamente se cortan sin solución de continuidad. Enmarcadas así en la trama del Lector, las historias pertenecen a tradiciones (americana, latinoamericana, nórdica, japonesa, por decir las más fácilmente identificables) y géneros literarios muy distintos: Si una noche de invierno un viajero pertenecería al género policíaco clásico; Fuera del poblado de Marbolk sería un relato de veladas; Asomándose desde la abrupta costa, del tipo novela negra; Sin temor al viento y al vértigo, bélica; Mira hacia abajo donde la sombra adensa, de gánsteres clásica; En una red de líneas que se entrelazan, de intriga psicológica; En una red de líneas que se intersecan, de gánsteres existencialista; Sobre la alfombra de hojas iluminadas por la luna, erótica; En torno a una fosa vacía, partícipe de la tradición del realismo mágico y con ecos de Pedro Páramo (1955); y ¿Cuál historia espera su fin allá abajo?, novela de ciencia ficción.

Pero, os preguntaréis, ¿cómo explicar el respeto que Italo Calvino dispensó a los comienzos narrativos? ¿Por qué eligió diez comienzos de novela y no diez finales? Pues bien, con posterioridad a la publicación de Si una noche de invierno un viajero, Italo Calvino preparó una serie de conferencias a dar durante el curso 1985-1986 en la Universidad de Harvard. Dichas conferencias, recogidas póstumamente en su incompleta Seis propuestas para el próximo milenio (1988), nunca habrían de tener lugar, pues el autor italiano falleció poco antes de su partida a los Estados Unidos. No obstante, como apéndice de dichas Seis propuestas para el próximo milenio, encontramos una conferencia titulada El arte de empezar y el arte de acabar, donde como lectores encontramos la respuesta a nuestra pregunta. El ensayo, que se abre con Italo Calvino fascinado ante el mundo de posibles en el que todo escritor se mueve antes de elegir el concreto comienzo de una nueva ficción, termina con su posicionamiento a favor de los inicios y en detrimento de los finales. Con su elegante prosa característica, el autor italiano afirma: linea cita blog
Es en su ensayo El arte de empezar y el arte de acabar donde Calvino explica su fascinación hacia los comienzos narrativos.
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«En cualquier caso, comienzo y final, por mucho que podamos considerarlos simétricos en un plano teórico, no lo son en el plano estético. La historia de la literatura abunda de principios memorables, mientras los finales que presentan una genuina originalidad como forma y como significado escasean más, o al menos no acuden a la memoria tan fácilmente. Esto es especialmente cierto para las novelas: es como [si] en el momento del principio la novela sintiese la necesidad de manifestar toda su energía. El comienzo de una novela es la entrada en un mundo distinto, con características físicas, perceptivas y lógicas del todo propias. De dicha constatación partí cuando empecé a concebir una novela hecha de principios de novela, la que se convertiría en ‘Si una noche de invierno un viajero’. […]
[…] Mi problema se podría enunciar así: ¿es posible contar una historia frente al universo? ¿Cómo se puede aislar una historia singular si ésta entraña otras historias que la surcan y la < condicionan >, lo mismo que éstas a otras, hasta abarcar el universo entero? ¿Y si no es posible abarcar el universo en una historia, cómo se puede, a partir de esta historia imposible, lograr historias que tengan un sentido cabal?
».


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La Flor y Si una noche de invierno un viajero narran comienzos y no finales porque un comienzo y un final no son estéticamente iguales.
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Dicho lo cual, queridos Egonautas, lo confieso: he rebuscado en internet y no he encontrado ninguna confesión de admiración de Mariano Llinás hacia Italo Calvino. ¿Conoce Llinás la obra del autor italiano? Es probable, las coincidencias entre La Flor y Si una noche de invierno un viajero al fin y al cabo son remarcables, pero no tengo certeza. ¿Es crucial que así fuera? No lo creo, ya que en todo caso sí que tenemos abundantísimas entrevistas del director porteño afirmando su preocupación por La Ficción per se. ¿Segura? Sí, lo estoy. Entonces, volviendo al principio, ¿por qué Mariano Llinás, junto con El Pampero Cine y Piel de Lava, pusieron sus principales esfuerzos en narrar cuatro comienzos y no cuatro finales? Por las mismas razones que Italo Calvino narró diez comienzos de novelas y no diez finales: porque para Llinás un principio y un final no son equivalentes estéticamente, porque los comienzos concentran mucha más energía, porque en los comienzos se resguarda el placer de leer por leer, de dejarse llevar, de emocionarnos por el qué va a pasar a continuación, casi que como adolescentes enamoradizos.

si una noche de invierno un viajero.
Portada de la novela de Italo Calvino Si una noche de invierno un viajero (1979).

Yo, por mi parte, no sé si estoy de acuerdo o en desacuerdo. Me vienen a la mente grandes finales. Pienso, por ejemplo, en la novela Las uvas de la ira (1939), de Steinbeck (1902-1968), pero también en la preciosa Luces en la ciudad (1931), si bien esta última es más tramposa, puesto que opta por un final tan bello como ambiguo, por lo que es cuestionable tenerla por efectivamente “terminada”: ¿le aguarda a Charlot una feliz vida en pareja?, nos preguntamos. No obstante, reflexionar sobre hermosas novelas inacabadas, como La embriaguez de la metamorfosis (1982, pues fue publicada póstumamente), de Zweig (1881-1942), así como sobre cuánto he disfrutado de La Flor y cómo me divertí con Si una noche de invierno un viajero, hacen que probablemente me incline a favor de la escuela de Calvino. ¿Vosotros?




* Para este artículo, las citas del ensayo El arte de empezar y el arte de acabar se han tomado de la 9ª edición de Seis propuestas para el próximo milenio, Madrid, España, Ediciones Siruela, 2010. Trad. Aurora Bernández y César Palma.
Publicado el 25/05/2020



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