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IMPACTANTE EMOCIONANTE ANAFILACTICO

Memorias del subdesarrollo cinéfilo


memorias desarrollo


Un viaje por espacios cinematográficos (subdesarrollados) de Lima a través de mi experiencia como espectador y cinéfilo.



En esta oportunidad no escribo sobre una película o director peruano concretos y no por eso dejo de hablar del cine al que pertenecen. Al contrario, siento que esta puede ser la publicación más reveladora sobre la relación de mi país con el cine. No pretendo que mis memorias constituyan una fuente primaria rigurosa sobre la cinefilia en Lima en los últimos 30 años, en parte porque reflejan una perspectiva socioeconómica particular, pero sí creo que representan un testimonio honesto de lo que significó crecer en una de las plazas cinematográficas más precarias del mundo y paradójicamente la más privilegiada de todo un país. Estas memorias conmemoran los espacios que marcaron mi crecimiento como espectador y, a la vez, mi primera aproximación a un insospechado futuro académico en torno al cine. Pude haberlas utilizado como introducción en esta aventura anafiláctica pero creo que ahora tienen más sentido como cierre de una etapa dedicada exclusivamente a visibilizar el legado cinematográfico de mi país y que no ha sido fácil de realizar debido a su accessibilidad limitada en Internet, incluso en plataformas de streaming tan diversas como Filmin.

Esta iniciativa no me la ha provocado la nostalgia (aunque su presencia a lo largo del texto es inevitable) ni el presentimiento de que todos mis antiguos sitios de recreo cinéfilo pronto terminarán en el mausoleo fotográfico donde yacen las primeras salas de cine de Lima que jamás pude gozar. Lo hago a raíz de descubrir el proyecto académico “Cultura de la pantalla” que justamente está dedicado a la recuperación, preservación y difusión del legado de la exhibición, programación y recepción cinematográficas en ciudades de habla hispana en un archivo digital. Obviamente no estoy en capacidad de realizar un estudio sobre Lima con la profundidad de los que conforman este proyecto, al menos por ahora, pero tras revisarlos he sentido la inquietud de aportar al menos un esbozo de ese pasado cinéfilo sin el cual hoy no tendría presente. Porque la historia del cine no se limita a las películas y sus creadores sino que se extiende al mundo cultural que hemos formado entre exhibidores, programadores, historiadores, críticos y espectadores en torno a ese séptimo arte que nos mueve.

No puedo empezar mi recorrido personal sin antes reconocer algunas iniciativas previas que han honrado el circuito cinematográfico pionero de Lima que hoy es invisible. Quizás el más completo y ambicioso sea el libro “Ilusiones a oscuras” (2007) del arquitecto Víctor Mejía que recopila y analiza el diseño de las salas de cine pioneras de Lima que desaparecieron ante la indiferencia de la autoridad municipal por el patrimonio arquitectónico. Mejía también organizó una muestra fotográfica de 2008, Presencias inadvertidas/Ausencias evidentes, donde se contrastaba el pasado glorioso y el presente tétrico de las salas recopiladas en su libro. Dos películas peruanas recientes también han recuperado este tema. Mientras que la ficción Cinema infierno (Rafael Arévalo, 2019) lo hace a través de un periodista limeño que prepara una crónica sobre causas perdidas, el documental Cines de video (Wari Galvéz, 2020) extiende su enfoque a los cines antiguos de otras regiones del país y recoge los testimonios de quienes trabajaron en ellos. Es una pena no poder comentar estas películas por su falta de accesibilidad pero al menos me reconforta saber que hay realizadores interesados por el patrimonio cultural perdido.
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Estas memorias conmemoran los espacios de mi crecimiento como espectador y mi primera aproximación a un futuro académico en torno al cine.
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El origen. Fachada renovada del Cine Benavides (hoy Cine Star).

Al retroceder en mi recorrido cinéfilo en Lima no me es posible rastrear el lugar y momento exactos de mi primera sesión de cine. Según lo que me han comentado mis padres tendría que comenzar por las extintas salas del Centro Comercial Camino Real. A veces me parece recordar al menos una de mis primeras sesiones correspondiente a El Rey León (1994), sobre todo la ansiedad que me dejó en el camino de regreso a casa al tratar procesar la posibilidad de perder a mi padre. De lo que sí tengo recuerdos casi fotográficos es del cine que me acompañó en mis primeros años: el Cine Benavides. Este multicine de tres pisos con aspecto de almacén en abandono adornado por un sencillo letrero de neón y las ocasionales gigantografías que colgaban en el exterior fue lo más cercano a tener un cine de barrio a mediados de los 90. Un fiel reflejo del modelo económico y de la ley de cine revisionista impulsados por Alberto Fujimori en tanto que anunciaba el auge de los multicines en detrimento de las salas antiguas y la imposición de una cartelera mayoritariamente Hollywoodense en la que las producciones nacionales serían gradualmente marginadas. Por supuesto que para un niño ajeno al concepto de cultura esta situación no suponía un problema sino todo lo contrario, especialmente por coincidir con el renacimiento de Disney, el ascenso de Pixar y toda la marea de películas noventeras infantiles que me predisponían a abrazar la dicha artificial del sueño americano, a pretender tener la misma posibilidad que un Macaulay Culkin de vivir en mansiones y derrochar dinero pese al revestimiento de subdesarrollo de mi realidad.



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El escapismo de Hollywood que se proyectaba en sus pantallas me entretenía, me cobijaba y me prometía un futuro mejor
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El propio cine Benavides encarnaba ese subdesarrollo en un pobre diseño arquitectónico que también se notaba en un interior casi siempre. (Lo recuerdo así porque solía ir a las sesiones de día y las luces solo se encendían de noche.) Recorrer sus instalaciones siempre me generaba cierto temor, sobretodo si me cruzaba con algún cartel troquelado impactante que desde mi perspectiva infantil podía cobrar vida y raptarme en plan Poltergeist. Atravesar las puertas de sus salas era como alcanzar un bunker milagroso donde podía olvidarme de la jungla de concreto, de su cielo color panza de burro y de la ansiedad que me daba perderme en ella como los innumerables niños mendigos de Lima. El escapismo de Hollywood que se proyectaba en sus pantallas me entretenía, me cobijaba y me prometía un futuro mejor que el de una Lima gris todavía afectada por el legado de pobreza y terrorismo de los 80. Era comprensible que, frente a películas peruanas con tendencia al neorrealismo, las salas que proyectaban hasta las comedias más infantiles como Flubber (1997) se llenaran y no precisamente de niños. Mi sublime adoctrinamiento americano solía continuar fuera del cine si mis padres accedían a comprarme un menú de comida rápida que incluyera los juguetes asociados a la película de turno. La televisión en abierto y más tarde los canales de cable seguirían nutriendo mi obsesión por una cultura gringa apabullante que también se reforzaba a través de mis compañeros de colegio. Al final sí que llegué a perderme en una dimensión cultural alienante, pero lo peor es que no podía ni quería escapar de ella.


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Blue Velvet. Uno de los varios Blockbusters que existieron en Lima.


Conforme la economía limeña crecía durante los 90 fueron aterrizando más satélites de entretenimiento estadounidense, entre ellos lo más parecido a un grupo de parroquias dedicadas a la adoración cinematográfica: la cadena de videoclubes Blockbuster. En contraste con la opacidad y precariedad del Cine Benavides, los Blockbuster irradiaban luz y modernidad desde que veías sus icónicos y enormes letreros en la calle. Que su propósito comercial no fuera más especial que el de un supermercado no le impedía serlo a nivel de diseño interior pues daba la sensación de estar en la recepción de un cine renovado, lleno de diversos estímulos audiovisuales como televisores que reproducían los estrenos en alquiler. Antes de su llegada el mayor acceso a cintas VHS lo proveía la piratería, una fuente de abastecimiento cultural constante para una urbe subdesarrollada que ni siquiera contaba con una red de bibliotecas públicas. Blockbuster era lo más parecido a una juguetería donde cualquier juguete estaba a mi alcance, incluso los que mi padre jamás se atrevió a comprarme en versión pirata como la película que más veces alquilé en toda mi vida: la de los Power Rangers (1995). Salvo por títulos como este que nos generaban rencillas, alquilar películas con mi padre en un Blockbuster fue un acto recreativo que se fue convirtiendo en una introducción prematura a mi educación cinematográfica, además de generar un álbum de momentos entrañables de nuestra relación. Mi adoctrinamiento Hollywoodense también empezaría a sentirse menos virulento, especialmente a partir de descubrir el valor de ciertas películas candidatas a los premios que entregaba un tal Óscar.
Mi devoción hacia esta la cadena de videoclubes se consolidó conforme se fueron acercando a mi casa, llenando el vacío que seguramente hubieran ocupado un centro cultural o una filmoteca municipales. A pesar de que existían opciones más locales y alguna otra franquicia, por no hablar de la piratería todavía imperante, nada se comparaba al ritual de recorrer los pasillos de un Blockbuster en busca de nuevas ilusiones (y algunas decepciones). Pero incluso en esta etapa yo era consciente de que la experiencia cinematográfica por excelencia solo se podía vivir dentro de una sala de cine. La apertura del primer Cinemark en el centro comercial Jockey Plaza afianzaría esta temprana convicción. Pese a ubicarse al nivel de un parking subterráneo, este cine prometía una experiencia superior a cualquier otro a través de su imponente entrada de luces intermitentes, digno de un verdadero centro de espectáculos como los de los cines en Nueva York. Una vez dentro se abría una recepción luminosa y acogedora que incluía una pequeña zona de juegos de arcade y una amplia barra de confitería donde el olor de la canchita (palomitas en léxico peruano) no podía ser más cautivante. En sus primeros años de actividad también se podían encontrar retratos de estrellas clásicas como Monroe o Bogart que realzaban su categoría como refugio cinematográfico. Esta vez la propia experiencia de caminar hacia una sala implicaba escapar del tedio de Lima. No pude pedirle a la vida mejor butaca desde la cual ser testigo de casi dos décadas de cine, desde Titanic (1997) hasta Avatar (2009) y pasando por mis primeras sesiones de cine europeo, latino y peruano.


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King Kong. Antigua entrada al Cinemark de Jockey Plaza.


Desde la inauguración de este Cinemark los multicines de más de diez salas proliferaron en una ciudad en continuo crecimiento económico, urbanístico y cinéfilo. No sorprende que en 2019 cuatro de estos multicines llegarían a estar dentro de los 20 más visitados en toda Latino América. En todo mi tiempo en Lima debo haber frecuentado otros seis multicines, normalmente motivado por encontrar una película o un horario no disponibles en Cinemark aunque también por sus respectivas bondades arquitectónicas (las salas tipo estadio del Cineplanet, por ejemplo) e incluso culinarias (los hot dogs del UVK eran los mejores). A todos estos centros, sin embargo, los unía un mal común: el monopolio de Hollywood en sus carteleras. Basta con decir que habían fines de semana donde una cinta de animación de Dreamworks podía ocupar más de tres salas durante todo el día pero un drama histórico británico quedaba relegado a una triste sesión de domingo a las 10 de la noche. Frente a este insulto a la inteligencia y apetito del espectador Blockbuster siguió siendo imprescindible en mi formación cinematográfica autodidacta. Siempre recordaré con cariño aquel último local que abrió a unas cuadras de mi casa donde llegué a descubrir los nombres de Isabel Coixet, Wes Anderson y Michael Haneke. La estandarización del DVD también hizo que la piratería dejara de ser una simple opción barata para llenar las expectativas que ni siquiera Blockbuster podía como ofrecer todos los títulos nominados al Óscar antes de la fecha de la ceremonia, aún si era con copias de ediciones rusas con subtítulos cuestionables y algunos fallos técnicos. Al final lo que importaba era insultar de vuelta a un sistema cinematográfico subdesarrollado.

Recurrir a la piratería para satisfacer exigencias de espectador cosmopolita lamentablemente me hizo contribuir al cierre de mi cadena de videoclubes favorita en 2006, apenas unos años antes de que pudiera cumplir mi sueño de trabajar en el local de mi barrio. Ver ese Blockbuster transformado en una fría sucursal bancaria me hizo sentir una inexplicable desilusión en medio de un ambiente de optimismo económico en el resto de la sociedad. A partir de entonces ya solo dependía exclusivamente de la piratería para ver cualquier película en DVD. De repente ese ritual mágico de alquilar películas con mi padre se redujo a revisar pesados catálogos plastificados repletos de carátulas mal diseñadas, sinopsis ambiguas o incompletas y algunos títulos que más parecían anunciar parodias (mi primera exposición a las excéntricas traducciones españolas) en puestos de mercado diminutos. Pasar a consumir cine (nunca mejor dicho) de la mano de vendedores informales que lo mismo te ponían unas mandarinas y unos cigarrillos en bolsas negras que delataban un crimen no fiscalizado me hizo perder el entusiasmo por ver películas pero también implicó romper con la burbuja neoliberal en la que me acomodé desde niño y ser consciente nuevamente de ese entorno de subdesarrollo que siempre me rodeó. Un entorno donde la protección y difusión de la cultura nunca serán prioritarias mientras la piratería represente un sustento económico para millares de vendedores informales y sus familias, y mientras no exista voluntad de cambio por parte del Estado peruano. Un entorno al que debía volver a acostumbrarme porque era el que siempre me correspondió como ciudadano del subdesarrollo.
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Yo era consciente de que la experiencia cinematográfica por excelencia solo se podía vivir dentro de una sala de cine.
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Tiempos modernos. Entrada del CCUCP durante el Festival de Cine de Lima.


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Ese ritual mágico de alquilar películas con mi padre se redujo a revisar pesados catálogos plastificados repletos de carátulas mal diseñadas.
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En medio de un panorama cinematográfico cubierto de neblina limeña, y en plena transición hacia mis estudios en el extranjero, encontraría dos oasis cinéfilos inesperados a ambos extremos del espectro socioeconómico. El primero es el Centro Cultural de la Pontificia Universidad Católica del Perú (CCPUCP), un espacio multidisciplinar que cada agosto acoge el Festival de Cine de Lima. Si bien se fundó en 1994, yo no fui consciente de su existencia hasta once años después cuando asistí a una representación de “La casa de Bernarda Alba” en su teatro. Fue admiración a primera visita pues hasta entonces jamás había imaginado un lugar que pudiese reunir varias disciplinas artísticas bajo el mismo techo. De repente renegaba por no vivir en el mismo distrito de semejante refugio cultural donde también se impartían talleres a los que ya me hubiera gustado asistir. Mis visitas fueron más bien ocasionales, como la de una sesión surrealista de La caída de los dioses (1969) en un paseo escolar donde la oscuridad disimulaba el bochorno entre mis compañeros adolescentes, o una sesión más bien apacible de Midnight in Paris (2011) junto a mi madre. Lo cierto es que, como consecuencia de mi largo adoctrinamiento Hollywoodense, en un inicio me costó sentir curiosidad por la mayoría de películas que ahí se difundían. Fue recién en mis últimos años por la capital que tuve la necesidad de asistir al Festival de Cine y ahí pude descubrir el gran potencial de autores peruanos e internacionales que nunca hubieran aparecido en los multicines que antes frecuentaba. En la última edición incluso pude darme el increíble (y de momento irrepetible) lujo de asistir al coloquio de una leyenda viva del Nuevo Cine Alemán como Werner Herzog.

El segundo oasis corresponde a un grupo de puestos de mercado dedicados a la piratería ubicados en un pasaje específico dentro de ese emporio comercial llamado Polvos Azules. A diferencia de sus colegas repartidos por todo Lima, los vendedores del mítico Pasaje 18 no se molestaban en hacer copias de películas comerciales pues tenían intereses muy diferentes, desde el cine más clásico o internacional hasta películas sin adaptación oficial al DVD. Entre todos llegaron a conformar una ambiciosa filmoteca informal que pronto adquirió estatus de parada obligatoria para directores, profesores universitarios y todo peruano digno de considerarse cinéfilo. Las visitas de directores extranjeros como Apichatpong Weerasethakul y un singular reportaje del medio norteamericano Vice terminaron por canonizar a los miembros del Pasaje 18 como democratizadores culturales en una ciudad carente de estos. Al visitarlos pude comprobar su dedicación y honestidad como comerciantes, pero lo que más llamó mi atención fue su amplio conocimiento autodidacta sobre cine mundial que perfectamente rivalizaba con los de historiadores y programadores de países con mayores recursos culturales. Estos cinéfilos empedernidos, por no llamarlos cinépatas, confirmaban lo injusto que podía ser el destino con quienes poseen talento innato para carreras profesionales más prometedoras, mientras que individuos decididamente menos curiosos y autosuficientes como quien escribe hemos gozado de mejores oportunidades. Paradojas de un subdesarrollo limeño donde los más privilegiados siempre echamos en falta la apertura de una sala IMAX mientras que otros se conformaban con devorar filmografías enteras en una pantalla de portátil. Sinceramente espero que la pandemia no haya dejado sin futuro a quienes han hecho posible que el cine más plural y necesario haya llegado a tantos otros en Lima.


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El ejército de las sombras. Los vendedores del Pasaje de 18 de Polvos Azules.


Hasta aquí llega mi travesía personal a lo largo de 30 años de transformación de espacios cinematográficos en Lima. Que haya culminado en un lugar marcado por la precariedad e incertidumbre, después de haber presenciado la llegada de proyectos fastuosos y competentes, es previsible en un país donde los cimientos económicos (y morales) se tambalean cada cinco años, donde la cultura permanece supeditada a las normas del “libre” mercado, y donde es difícil apreciar lo diferente y auténtico, por no decir lo propio, porque la homogenización cultural es tan fuerte que cuesta percibirla. Este subdesarrollo camuflado en progreso tecnológico, mayor poder adquisitivo y cosmopolitismo occidental podría considerarse como la versión inversa del que se retrata en el filme cubano Memorias del subdesarrollo (1968). Siento que, al igual que su protagonista, yo logré sobrevivir a ese subdesarrollo forjándome una identidad y pensamiento propios, en parte porque yo sí tuve acceso a una base educativa y a algunos cuantos recursos culturales gracias al esfuerzo de mis padres. Escribir sobre cine peruano desde fuera es pues una forma de compensar mi antigua ceguera frente a una realidad gris e intentar revertir su marginalización perpetrada por aquel circuito de exhibición comercial que siempre quise pero que claramente estaba lejos de ser democrático. Me gustaría llegar a ser ese mediador cultural que me hizo falta durante mis años de formación cinéfila y seguir aportando a la promoción de películas que siguen desafiando al subdesarrollo desde sus propias entrañas.



Publicado el 19/05/2021



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